La muerte de un
vecino, de 46 años, pone en tela de juicio la idoneidad de este tipo de
festejos donde se consume una buena cantidad de alcohol en un breve espacio de
tiempo
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| (Foto: Israel Sánchez/AGM) |
Al igual que otras localidades, donde se realizan festejos
que conllevan un cierto riesgo para los
participantes (sería el caso de la suelta de vaquillas, que pueden cornear
gravemente a cualquiera) los Concursos de Cerveza, muy de moda desde hace
décadas en otros lugares en fiestas, traen a la palestra la conveniencia de
replantearse si este tipo de actos son los más adecuados, máxime cuando se
trata de beber el máximo posible en el menor tiempo. Y la ingesta de cerveza
(que es una bebida alcohólica) puede provocar intoxicaciones etílicas con
graves resultados que, al final, terminan causando un daño irreparable, como ha
ocurrido en Gea y Truyols.
También la suelta de vaquillas, a la que aludíamos antes,
tiene un riesgo severo de cornear a cualquier participante como ya ha ocurrido
en otros lugares, aunque afortunadamente solo ha habido que lamentar
contusiones o heridos; la pregunta que
nos planteamos es qué pasará cuando ocurra una desgracia irreparable, porque se
han visto incluso mozalbetes de 13 ó 14 años correr delante del “bicho”. El
calendario de fiestas populares, en general, debería ser supervisado por las
autoridades gubernativas. Tiene poco sentido sensibilizar a la población en
otro tipo de prevenciones y dar carta blanca a la realización de festejos que
pueden causar gravísimos quebrantos e incluso la muerte de personas. España
entera está llena de actos festivos que proceden de unas épocas donde el
salvajismo hacia los animales no conocía límite. Sería el caso de los “toros
embolados”, el lanzamiento de una cabra desde el campanario de la iglesia, la
muerte de un toro lanceándolo desde caballos en un descampado o el lanzamiento
de dardos a los ojos y a los genitales, fiestas que se siguen celebrando con
más o menos tolerancia y que dicen muy poco del grado de civilización de un
país.
En cuanto al caso de Gea y Truyols, un episodio triste con
un resultado inaceptable, ha convertido lo que debería haber sido una fiesta
normal en un luctuoso suceso que ha llenado de dolor y consternación al pueblo
entero, provocando la suspensión de festejos y lamentando la pérdida de una
vida humana. El momento tenso y dramático del sepelio de Joaquín Alcaraz Gracia
es el más vivo ejemplo de lo que nunca debe ser una fiesta. La consternación,
el llanto y el dolor de familiares, amigos y vecinos debe ser un aldabonazo en
las conciencias de todos para que, tras una serena y desapasionada reflexión, elijamos aquellos actos que sirvan para el
solaz esparcimiento de un pueblo en fiestas que no hayan de tener este trágico
final. En los albores del siglo XXI no podemos retroceder a oscuras épocas del
pasado y a la inteligencia de los responsables y organizadores se debe apelar
para conjugar tradición y modernidad, evitando riesgos innecesarios que tanto
daño pueden causar.
(Redacción)


