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| (EFE) |
«Ordem e progresso». Bendita ironía la de Brasil. Era ella, la gran pentacampeona, la que debía reinar en Rusia. La que iba a permitir a su hinchada olvidar el ridículo sufrido hace cuatro años en el estadio Mineirao de Belo Horizonte frente a Alemania. La que iba a exhibir la coronación de Neymar Junior como el mejor futbolista del planeta y llevar a América al éxito en un Mundial en Europa desde Suecia '58. Como si Pelé, que debe reír desde su atalaya, pudiera tener descendencia en un futbolista devorado por su personaje.
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