El delegado del
Gobierno, Joaquín Bascuñana, confirma la
identidad de los fallecidos y la causa de su muerte
| (Lugar donde aparecieron las víctimas) |
Los sicarios asesinos de origen rumano que mataron a la
pareja de holandeses, Ingrid Visser y su compañero Lodewijk Severein, debían
ser expertos en este tenebroso y criminal oficio. Con una buena dosis de inhumana
frialdad y siguiendo las órdenes del inductor, el español Juan Cuenca,
asestaron certeros golpes en la cabeza a sus víctimas de manera que estas
fallecieron por múltiples traumatismos craneoencefálicos, es decir, a golpes,
como si fueran bestias. Ni siquiera utilizaron un método rápido, como un
disparo, aún dentro de su vesania criminal, sino que les asesinaron fríamente
de la forma más primitiva. Según fuentes de agencias informativas, ellos serán
juzgados posiblemente por un jurado popular, con todo el beneficio del
garantismo que otorga nuestro ordenamiento jurídico.
En EE.UU, probablemente, no
se hubieran librado de la silla eléctrica, la cámara de gas o la inyección
letal, pero aquí pasarán unos años en la cárcel, viviendo a cuerpo de rey, y
luego cuando transcurra un determinado tiempo saldrán a la calle, teóricamente reinsertados. Las víctimas, sin embargo, jamás podrán retornar a la vida, que
les ha sido segada con la mayor crueldad. Esta es la justicia que se respira en
esta caduca Europa, donde matar y asesinar sigue siendo bastante rentable si
tenemos en cuenta las abominables estadísticas, especialmente en el caso de las mujeres, víctimas de la violencia de género.
La policía española ha actuado diligentemente y con rapidez
y ha puesto a los culpables en manos de la justicia; ahora ella decidirá la
suerte de estos lacayos de la muerte para los que ni siquiera está contemplada
la cadena perpetua.
(Redacción y Agencias)

