La mañana ya no transcurriría como otra cualquiera para ningún trabajador del hospital Iris Sud Ixelles, situado en el sur de Bruselas. Tampoco para la cartagenera Ana Sotos (25 años), que lleva dos años afincada en la capital comunitaria como enfermera de quirófano. Una anestesista irrumpía en la sala y apremiaba a escuchar la radio: se había producido una explosión en el aeropuerto de Bruselas y el locutor nombraba decenas de muertos. «Sentimos mucho miedo», admitía Ana. Casi una hora después, un terrorista suicida accionó su cinturón explosivo y perpetraba la masacre en la estación de metro de Maelbeek, en el barrio europeo y próximo –a unos 17 minutos– al centro donde trabaja Ana. Todas las operaciones programadas para el día se cancelaron de inmediato y el hospital activaba el plan de emergencia.
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