Ahora, tras su destitución, se presenta como víctima este vividor que
llevó una vida de lujos y fastos mientras millones de criaturas mueren de
hambre y enfermedades en el mundo
Ni siquiera reconoce sus
pecados y con una buena dosis de hipocresía aún se atreve a decir que sus siete
años de gestión al frente de la Secretaría de Estado del Vaticano han sido muy
positivos. Para él, sin duda alguna, aunque habla de que ha habido frente a su
persona toda una auténtica red de cuervos y víboras. Curiosas palabras las de un clérigo que tiene en
Roma un piso valorado en más de 20 millones de euros, junto a una sauna gay (a lo mejor con la secreta
intención de ir poco a poco redimiendo a estos “descarriados”). Pero este Rasputín de la Curia está implicado
hasta los ojos en los turbios manejos del llamado “Caso Vatileaks” y en casi
todos los escándalos que se han ido filtrando. Acusado formalmente por sus
propios compañeros de prevaricación, abuso de poder y corrupción, Tarsicio
Bertone debe saber bien que la mejor defensa es un buen ataque, razón por la
que intenta aparecer ante los ojos del mundo, a través de la prensa, más como
víctima que como verdugo, algo por otra parte normal en la casta a la que él
pertenece. Benedicto XVI, el Papa dimisionario, le mantuvo en 2009 en su
puesto, pese a su pretendida renuncia. ¿Confianza del Papa emérito o
sencillamente miedo? Nunca lo sabremos, como tampoco sabremos la siniestra
conspiración que llevó a la muerte a Juan Pablo I tras enfrentarse a
conspiradores como Villot, Marcinkus y otros elementos de su calaña. Y es que
el Vaticano –y en esto tiene razón Bertone- es un nido de sectas, víboras,
cuervos, mafiosos y masones, todos con la misma pretensión: hacerse con la
mayor cuota de poder y convertir la figura del Pontífice en un mero pelele, en
un polichinela manejado por los hilos
secretos de estos descendientes ideológicos de los Borgia, aquella nefasta
familia que convirtió el Vaticano en una cloaca pestilente al aire libre.
Tarsicio Bertone, que dejará oficialmente su cargo el 15 de
octubre, admitió que en estos años ha cometido muchos defectos aunque añade, a
reglón seguido, que lo ha dado todo y no
se puede afirmar que no haya intentado servir a la Iglesia, aunque en este caso
cabría preguntarse a quién sirvió primero, si a sus propios intereses o a los
de la institución a la que dice haber dedicado su trabajo. El nuevo Papa, el jesuita Francisco I, parece
tener buena voluntad para limpiar toda la mugrienta suciedad que invade las
paredes internas del Vaticano, airear las amplias estancias y eliminar el
pestilente tufo de las cloacas abiertas, reconvirtiendo el papel de la Iglesia
y retornándolo a sus verdaderos postulados. La pregunta es si podrá conseguirlo
o morirá en el empeño, como uno de sus antecesores, el llamado Papa de la sonrisa. Aunque también puede ocurrir, como decía
Lampedusa en su famosa obra “El gatopardo” que se pretenda cambiar algo, para que todo siga igual. El tiempo y los
acontecimientos lo dirán, indudablemente.
M.J.S.

