lunes, 2 de septiembre de 2013

(Opinión): Las lágrimas de cocodrilo del cardenal Bertone



Ahora, tras su destitución, se presenta como víctima este vividor que llevó una vida de lujos y fastos mientras millones de criaturas mueren de hambre y enfermedades en el mundo

Ni siquiera reconoce sus pecados y con una buena dosis de hipocresía aún se atreve a decir que sus siete años de gestión al frente de la Secretaría de Estado del Vaticano han sido muy positivos. Para él, sin duda alguna, aunque habla de que ha habido frente a su persona toda una  auténtica red de cuervos y víboras. Curiosas palabras las de un clérigo que tiene en Roma un piso valorado en más de 20 millones de euros, junto a una sauna gay (a lo mejor con la secreta intención de ir poco a poco redimiendo a estos “descarriados”). Pero este Rasputín de la Curia está implicado hasta los ojos en los turbios manejos del llamado “Caso Vatileaks” y en casi todos los escándalos que se han ido filtrando. Acusado formalmente por sus propios compañeros de prevaricación, abuso de poder y corrupción, Tarsicio Bertone debe saber bien que la mejor defensa es un buen ataque, razón por la que intenta aparecer ante los ojos del mundo, a través de la prensa, más como víctima que como verdugo, algo por otra parte normal en la casta a la que él pertenece. Benedicto XVI, el Papa dimisionario, le mantuvo en 2009 en su puesto, pese a su pretendida renuncia. ¿Confianza del Papa emérito o sencillamente miedo? Nunca lo sabremos, como tampoco sabremos la siniestra conspiración que llevó a la muerte a Juan Pablo I tras enfrentarse a conspiradores como Villot, Marcinkus y otros elementos de su calaña. Y es que el Vaticano –y en esto tiene razón Bertone- es un nido de sectas, víboras, cuervos, mafiosos y masones, todos con la misma pretensión: hacerse con la mayor cuota de poder y convertir la figura del Pontífice en un mero pelele, en un polichinela manejado por los hilos secretos de estos descendientes ideológicos de los Borgia, aquella nefasta familia que convirtió el Vaticano en una cloaca pestilente al aire libre.

Tarsicio Bertone,  que dejará oficialmente su cargo el 15 de octubre, admitió que en estos años ha cometido muchos defectos aunque añade, a reglón seguido,  que lo ha dado todo y no se puede afirmar que no haya intentado servir a la Iglesia, aunque en este caso cabría preguntarse a quién sirvió primero, si a sus propios intereses o a los de la institución a la que dice haber dedicado su trabajo.  El nuevo Papa, el jesuita Francisco I, parece tener buena voluntad para limpiar toda la mugrienta suciedad que invade las paredes internas del Vaticano, airear las amplias estancias y eliminar el pestilente tufo de las cloacas abiertas, reconvirtiendo el papel de la Iglesia y retornándolo a sus verdaderos postulados. La pregunta es si podrá conseguirlo o morirá en el empeño, como uno de sus antecesores, el llamado Papa de la sonrisa.  Aunque también puede ocurrir, como decía Lampedusa en su famosa obra “El gatopardo” que se pretenda cambiar algo, para que todo siga igual. El tiempo y los acontecimientos lo dirán, indudablemente.

M.J.S.