
De no haber sido por el radicalismo de unos y otros y la incultura de buena parte de la sociedad española de entonces, el nuevo régimen podría haber significado la entrada de España en el camino de la modernidad y el progreso, dentro del concierto de las naciones europeas de entonces. Pero convertir un país con una estructura casi feudal en un estado moderno y democrático no era tarea fácil. Se necesitaban auténticos hombres de Estado y, aunque los hubo, éstos fueron superados por las circunstancias adversas y los gravísimos enfrentamientos que se generaron en una sociedad dividida por abismales diferencias sociales.
Y lo que pudo ser un tránsito normal a una nueva nación (recuérdese que la II República se proclamó sin el menor derramamiento de sangre)se fue convirtiendo en un oscuro sendero de malos augurios que desembocarían en el más sangriento enfrentamiento civil de todo el siglo XX, pese a tener una de las Constituciones más abiertas y avanzadas de su época. Hoy existe una buena parte de la sociedad española que se siente republicana, pero también es cierto que el país tiene unos problemas mucho más acuciantes que deben resolverse antes de plantear la elección entre Monarquía o República; solo si auténticos hombres de Estado con una gran visión de futuro lo hacen, España puede volver a ser algún día una República sin que los viejos demonios del pasado regresen de sus tumbas para malograr lo que puede ser el futuro de nuestra nación. Y por supuesto si el pueblo español, libre y soberano en sus decisiones, así lo plebiscita en su inmensa mayoría.
MJS

