sábado, 3 de marzo de 2012

BUSCANDO EN MIS LEJANOS RECUERDOS

¿LA HISTORIA DE “ROMEO Y JULIETA” EN UN PAÍS ESLAVO Y EN PLENO SIGLO XX? ALGUNAS DE ESTAS HISTORIAS QUE NOS HABLAN DE TRÁGICOS AMORES SUCEDIERON REALMENTE.

Podría ser una historia de Shakespeare y su famoso Romeo y Julieta, la Tragicomedia deCalixto y Melibea en la obra La Celestina, de Rojas o Los Amantes de Teruel, sin embargo ésta es una historia real que sucedió a principios del siglo XX en Europa central, dentro de los vastos territorios del Imperio Austrohúngaro que estaba integrado por trece países europeos y hasta 1914 era la 6ª potencia económica, con más de 52 millones de habitantes.


A principios de los años 70 logré por fin visitar Checoslovaquia, tras un primer intento fallido en 1969, por carecer de visado de entrada ya que España no mantenía ningún tipo de relaciones con este país eslavo. Pese a todo en 1973 lo conseguí y no sin dificultades, puesto que en esa época solo teníamos una representación consular de carácter comercial. No obstante puede hacer mi anhelado viaje a esta nación que pertenecía a la entonces llamada Europa Oriental (la Embajada española más cercana se encontraba en la Argentinientrasse, en Viena). Fue un viaje lento y tedioso; desde Murcia a Barcelona en autocar para luego trasbordar a otro que me llevaría, cruzando buena parte de Europa, hasta Nürnberg (Alemania) donde tomaría un tren expreso hacia Praga. Y en pleno invierno, soportando un intenso frío que para un latino del sureste español es tremendo e insoportable, al no haber sufrido nunca estas temperaturas en nuestra tierra. Por una de esas extrañas casualidades del destino, durante el trayecto, entablé conversación con un ciudadano alemán que hablaba un español bastante perfecto. Poco antes de llegar a la capital checa, ya cercano el amanecer, me hizo una serie de recomendaciones sobre visitas a determinados lugares emblemáticos, muchos de los cuales ya llevaba yo anotados en mi agenda. Lo curioso es que me recomendó visitar el cementerio de Praga, una de cuyas puertas de acceso se encontraba en una gran avenida, cuyo nombre no recuerdo, muy cerca de donde estaba el Hotel Olympik, que me podía servir de punto de referencia.

Así lo hice aquella fría y neblinosa mañana de mediados de noviembre. El cementerio era muy amplio y espacioso y en cierto modo sorprendente, con una semblanza nueva y desconocida para mí al compararla con nuestros típicos camposantos, pequeños, atestados de blancas tumbas de mármol, vistosas cruces, y altos cipreses como agujas clavándose en el cielo. El de Praga me ofreció la clásica estampa de esos cementerios monumentales que hemos visto en algunos reportajes. Los altos árboles con sus ramas desnudas, ocupadas por bandadas de negros cuervos revoloteando, la amarillenta hojarasca alfombrando el suelo, los monumentos funerarios con estatuas a tamaño natural, rodeadas de sencillos ramos de flores ya heladas, los pequeños túmulos de granito negro con una paloma yacente en uno de sus ángulos y la imagen del difunto en relieve grabado sobre el propio mármol, los grandes pasillos como anchas calles… todo tenía  una extraña y melancólica semblanza y un cierto aire de misterioso encanto. Me sorprendió ver en casi todas las inscripciones funerarias la palabra “ Rodina”; luego supe que su  traducción al español significa Familia. Ya casi retornaba sobre mis pasos para terminar la visita cuando una anciana de aspecto bondadoso, quizá adivinando que era extranjero, tanto por mi indumentaria como por la cámara fotográfica colgada al cuello, y mi curiosidad por todos los detalles de las tumbas, algunas de ellas auténticas obras de arte, me señaló hacia un conjunto escultórico que estaba situado a la izquierda de la entrada por la que se accedía al cementerio, desde la gran avenida y que no advertí al entrar. Me acerqué a él; era un Mausoleo colosal, con estatuas a tamaño natural que me dejaron vivamente impresionado aún sin conocer qué leyenda  había tras la historia de aquel joven soldado que parecía despedirse de sus padres, camino de la eternidad, subiendo unas escaleras sobre las que yacían algunos ramos de flores frescas, mientras un ángel de piedra parecía invitarle a traspasar una puerta que sin duda significaba el umbral de la muerte. La escena era de un dramatismo impresionante, acentuado por el celaje gris y neblinoso de aquella fría mañana.

Poco después, y gracias a mis amigos checos con los que estuve viviendo una semana en el barrio de Vinor, conocí la historia de aquel joven soldado y el drama de su vida. Se había enamorado locamente de una joven campesina, de singular hermosura y tan rubia como la cerveza que se elabora en aquellas tierras. Hans Hrdlicka pertenecía a una familia noble y quizá esa fue su desventura: aquellas relaciones sentimentales no se toleraban en una época en que las clases sociales estaban separadas por un abismo. Un joven de alta alcurnia no podía tener relaciones con una bella plebeya por lo que Hans fue enviado a una academia militar y separado del gran amor de su vida. No pudo soportarlo y terminó suicidándose a la edad de 20 años. El grupo escultórico le representa con triste y serena determinación, camino de la eternidad, mientras la madre, desolada y abatida, se arrodilla en la pétrea escalinata intentando retener al hijo ante el patético rostro del padre que, en vano, intenta consolar a su esposa.

Si tu, amigo viajero, visitas la hermosa ciudad de Praga te encontrarás seguramente con una de las urbes más monumentales de la Europa oriental; verás el majestuoso Puente de San Carlos de medio kilómetro de longitud y sus 16 arcos sobre las aguas azules del río Moldava, con treinta estatuas de estilo barroco y tres fortalezas a la entrada y el Castillo Harckany sobre una colina que domina toda la ciudad vieja y es una de las más grandes fortalezas medievales del mundo, también el reloj de la Torre-Polvorín, las callejuelas del barrio judío, la cosmopolita y bulliciosa Plaza de San Wenceslao, la histórica iglesia donde se refugiaron y fueron muertos los patriotas checos que atentaron contra Reinhard Heydrich, protector nazi de Bohemia y Moravia y un sin fin de Palacios, Monumentos, Sinagogas... Pero sobre todo no  olvides visitar este cementerio y el Mausoleo de la familia Hrdlicka. Seguro que quedarás tan vivamente impresionado como quedé yo aquel lejano mes de noviembre de 1973.

(P.C.M.)