sábado, 3 de marzo de 2012

(República literaria): En La Raya, cuando era un chiquillo

En La Raya, cuando era un chiquillo, la vida se deslizaba  monótona, sin prisas ni  sobresaltos, de una manera previsible. Unos cuantos acontecimientos alteraban puntualmente ese tranquilo discurrir. Naturalmente, desde la mirada de un chiquillo; para los mayores supongo que sería diferente.

En La Raya, cuando era un chiquillo, lo primero que cronológicamente alteraba nuestras vidas era “la monda” En el mes de marzo – si no recuerdo mal- se cortaba el agua de las acequias. Pasados unos días, la chiquillería pasábamos nuestro tiempo libre metidos en los cauces de las acequias a la búsqueda de cualquier cosa que nos llamara la atención. Recuerdo lo apreciado que era encontrar algún culo de botella pulido por el efecto de la erosión. Cómo no, la pesca en las pozas que se formaban era una de las actividades frecuentes- aunque lo recuerdo mas como cosa de los mayores. Los mozos iban de aquí para allá con los artilugios que se fabricaban para pescar las anguilas. En esos días todo giraba alrededor del corte del agua, incluidas las broncas por llegar a casa llenos de fango.

Casi coincidiendo con el tiempo del “corte del agua” llegaba la Semana Santa. Esta festividad también era muy apreciada por los menores; daban algunos días de vacaciones en la escuela- “daban punto” se decía.  En mi casa había una pequeña figura del Jesús Nazareno y llegada esa fecha, la colocaba sobre alguna tabla tratando de imitar los pasos procesionales. No lo adornaba con flores; lo adornaba con floretas cogidas de algún huerto.

Las procesiones de La Raya, cuando era un chiquillo, eran algo que me impresionaba de forma importante. El misterio de los Santos Oficios y la imagen del Nazareno moviendo el brazo en la bendición eran actos que me sobrecogían. Pero el viernes era algo que me ha dejado huella. La pobre iluminación de las calles, la débil llama de las velas, el silencio roto por el redoble del tambor. Ver desfilar el paso del Cristo Yacente en esa situación me producía un no se que. Desde ese tiempo, la Semana Santa tiene para mi un recuerdo de algo tenebroso e irreal.

Otro episodio que en mi recuerdo nos sacaba de la rutina era la recogida de los melocotones. El pueblo se alteraba con la presencia de las pilas de  cajas vacías o llenas, del trasiego de camiones y de personas que se dedicaban a esa labor. Yo mismo cogí melocotones algún verano cuando ya no era un chiquillo.

En La Raya, cuando era un chiquillo, el acontecimiento más importante era, sin duda, la fiesta de agosto- con decir “la fiesta” era suficiente. El pueblo se agitaba, todo eran preparativos; limpieza especial de las casas, guirnaldas de papelillos en las calles, colocación del templete, recolecta de la Comisión de festejos, “alborear” de campanas, suelta de globos de aire caliente, la novena en la plaza, las cucañas, las barcas, las casetas de tiro, las carreras de sacos,…y finalmente, el castillo, el pasacalles, el día de “la coronación” y San Roque, que siempre me pareció un festejo como de propina. Las carreras de cintas y las carretillas nos devolvían a nuestra rutina de pueblo.

Después de haber girado una visita a la Feria de Murcia, llegaba la inevitable vuelta a la escuela. Este hecho nos conducía nuevamente por nuestra feliz, confiada y esperanzada existencia chiquilleríl. Si nos portábamos bien, los Reyes nos traerían alguna recompensa.

En La Raya, cuando era un chiquillo, seguro que sucedían más cosas; en el baúl de mis recuerdos, en la distancia que me separa de esa época, esto es lo que encuentro. Los recuerdos de juventud son otros, pero entonces ya no era un chiquillo y esa, esa es otra historia.

(JOAQUÍN MOLINA MULITERNO)