domingo, 7 de octubre de 2012

(Opinión): LA CONDENA DEL SECRETARIO PERSONAL DEL PAPA ¿CIERRA EL LLAMADO “CASO VATILEAKS”?



Paolo Gabrielle, de 46 años, secretario personal de Benedicto XVI, se hizo con un botín de más de 1.000 documentos privados y comprometedores parte de los cuales entregó a los medios de comunicación. Según sus propias declaraciones, durante el proceso judicial al que ha sido sometido y finalmente condenado a un año y medio de prisión,  lo hizo por “defender a la Iglesia y al Papa” frente a toda la podredumbre que se encierra entre las cuatro paredes del Estado más pequeño de Europa, la Ciudad del Vaticano. No hay nada nuevo, sin embargo, en todo este turbio asunto que ha causado auténticos revuelos mediáticos en más de medio mundo. Este caso comienza a establecer una nueva interrogante y es qué hacer con 'Paoletto', como se le conoce, pues el Vaticano no puede dejarle suelto por ahí con todo lo que sabe y aún no ha revelado ya que los más de mil documentos confidenciales a los que ha tenido acceso son una peligrosa bomba de relojería que podría estallar en cualquier momento. Por lo tanto cabe suponer que se le mantendrá dentro de los recintos de la Ciudad, aunque para ello se le destine a un puesto insignificante y discreto, un hueco donde acomodarle, mientras se le controla convenientemente. Una buena parte de la Curia tiembla solo con la idea de que el tal “Paoletto” pudiese convocar una rueda de prensa y airear lo que la Iglesia considera que debe mantenerse en el más estricto e impenetrable secreto.


El epílogo de esta extraña y casi rocambolesca historia, con muchos aspectos grotescos, lo puso el  fiscal al final del juicio cuando, en una encantadora formulación muy a la italiana, pidió para él tres años de cárcel, después de rebajarle uno por atenuantes, y  establecer una inhabilitación perpetua pero parcial de cargos públicos en el Vaticano. Es decir, que podrá seguir trabajando allí pero en puestos sin acceso a la más mínima esfera de poder, como un simple funcionario, jardinero o algo parecido, pero siempre debidamente controlado. Este caso no es un asunto nuevo en el Vaticano, donde demasiadas sombras siniestras, demasiados fantasmas del pasado, vagan por sus estancias. En cualquier caso el secretario díscolo lo ha hecho muy bien, simplemente ha sabido nadar y guardar la ropa al mismo tiempo. Esto le libra de momento de alguna conspiración que tenga como fin acabar con su vida, una de las tantas que se han llevado a cabo arteramente en el sacro Recinto incluso aún antes de que los criminales Borgia, con Alejando VII a la cabeza, convirtieran el Vaticano en una repugnante orgía de conspiraciones, sexo, prostitución y muerte.

Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa, tuvo menos fortuna. Su pontificado duró solo 33 días, un número simbólico en la Masonería, que fue una de las que formaron parte de aquella GRAN CONSPIRACIÓN que acabó con su vida. Paolo Gabrielle puede tener suerte y salir medianamente bien librado de este “Vatileaks” si sabe jugar bien sus cartas y conservar al menos un “as” en la manga. Albino Lucciani fue más confiado e  incauto; creyó abiertamente en la buena fe de los siniestros Cardenal Villot y el Obispo Marcinkus, ignorando que éstos,  junto a Lucio Gelli y Roberto Calvi  (representantes destacados de la Mafia y la Masonería) allanarían el camino para un asesinato técnica y magistralmente perfecto,  ejecutado con una perfección que hubiera hecho palidecer de envidia al mismísimo Papa Borgia. Juan Pablo I solo pretendía tapar los imbornales pútridos y airear las cloacas pestilentes, acabar con la corrupción y el poder de las sectas que dominan el Vaticano así como los escandalosos negocios de la Banca vaticana con el blanqueo de capitales procedentes del ámbito de las drogas, la prostitución y el tráfico de armas. Y le costó la vida, sencillamente.
El Vaticano es hoy un cubil de intereses sectarios sin precedentes en la Historia. Y “Paoletto” lo sabe muy bien; conoce a la perfección a los jerarcas del mal, a todos esos parásitos purpurados y orondos que manejan hábilmente los hilos de todas las conspiraciones. Pero, al contrario que ocurrió con el Papa Luciani, que estaba solo como una oveja frente a una manada de lobos, el ya exsecretario se cree a salvo. Tiene montones de documentos comprometedores que causarían a la Iglesia un cataclismo a escala mundial, caso de ser aireados. Pero debería comenzar a tener mucha precaución porque las dagas siguen afiladas y dispuestas a asestar el golpe definitivo y la suerte de hoy puede ser su perdición de mañana. Que no lo olvide nunca.

M.J.S.