El epílogo de esta extraña y casi rocambolesca historia, con
muchos aspectos grotescos, lo puso el fiscal al final del juicio cuando, en una
encantadora formulación muy a la italiana, pidió para él tres años de cárcel, después
de rebajarle uno por atenuantes, y
establecer una inhabilitación perpetua pero parcial de
cargos públicos en el Vaticano. Es decir, que podrá seguir trabajando allí
pero en puestos sin acceso a la más mínima esfera de poder, como un simple
funcionario, jardinero o algo parecido, pero siempre debidamente controlado.
Este caso no es un asunto nuevo en el Vaticano, donde demasiadas sombras
siniestras, demasiados fantasmas del pasado, vagan por sus estancias. En
cualquier caso el secretario díscolo lo ha hecho muy bien, simplemente ha
sabido nadar y guardar la ropa al mismo tiempo. Esto le libra de momento de
alguna conspiración que tenga como fin acabar con su vida, una de las tantas
que se han llevado a cabo arteramente en el sacro Recinto incluso aún antes de que
los criminales Borgia, con Alejando VII a la cabeza, convirtieran el Vaticano
en una repugnante orgía de conspiraciones, sexo, prostitución y muerte.
Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa, tuvo menos fortuna. Su
pontificado duró solo 33 días, un número simbólico en la Masonería, que fue una
de las que formaron parte de aquella GRAN CONSPIRACIÓN que acabó con su vida.
Paolo Gabrielle puede tener suerte y salir medianamente bien librado de este
“Vatileaks” si sabe jugar bien sus cartas y conservar al menos un “as” en la
manga. Albino Lucciani fue más confiado e incauto; creyó abiertamente en la buena fe de
los siniestros Cardenal Villot y el Obispo Marcinkus, ignorando que éstos, junto a Lucio Gelli y Roberto Calvi (representantes destacados de la Mafia y la
Masonería) allanarían el camino para un asesinato técnica y magistralmente
perfecto, ejecutado con una perfección
que hubiera hecho palidecer de envidia al mismísimo Papa Borgia. Juan Pablo I
solo pretendía tapar los imbornales pútridos y airear las cloacas pestilentes,
acabar con la corrupción y el poder de las sectas que dominan el Vaticano así
como los escandalosos negocios de la Banca vaticana con el blanqueo de
capitales procedentes del ámbito de las drogas, la prostitución y el tráfico de
armas. Y le costó la vida, sencillamente.
El Vaticano es hoy un cubil de intereses sectarios sin
precedentes en la Historia. Y “Paoletto” lo sabe muy bien; conoce a la
perfección a los jerarcas del mal, a todos esos parásitos purpurados y orondos
que manejan hábilmente los hilos de todas las conspiraciones. Pero, al
contrario que ocurrió con el Papa Luciani, que estaba solo como una oveja
frente a una manada de lobos, el ya exsecretario se cree a salvo. Tiene
montones de documentos comprometedores que causarían a la Iglesia un cataclismo
a escala mundial, caso de ser aireados. Pero debería comenzar a tener mucha
precaución porque las dagas siguen afiladas y dispuestas a asestar el golpe
definitivo y la suerte de hoy puede ser su perdición de mañana. Que no lo
olvide nunca.
M.J.S.

