A España se le
concederá más margen y más tolerancia en función al grado de servidumbre que
esté dispuesta a otorgar a las directrices comunitarias.
Las cosas están claras. Y las intenciones también. España
gozará de cierta tolerancia en sus objetivos de déficit y grado de
endeudamiento, en la medida en que esté dispuesta a plegarse a la dialéctica
comunitaria. O lo que es igual: ceder prácticamente toda su soberanía al
dictado de Bruselas. Este es, en síntesis, el mensaje recibido y la propuesta
que hay sobre la mesa. O lo que también es igual: la total servidumbre a los
intereses mercantiles y capitalistas de esa Babel de usureros y especuladores
que es, a fin de cuentas, la llamada Unión Europea, cuyo país líder, Alemania,
está emulando la hegemonía a la que aspiró su III Reich en los años 40 por vía
militar. Aquellos sueños de grandeza no pudieron llevarse a cabo, aunque más de
medio siglo después lo está consiguiendo por otros procedimientos. Es cierto
que perdieron la guerra, pero la nueva ocupación
hegemónica ha venido de la mano del capital y así podríamos asegurar que
aquella derrota militar trajo consigo la victoria económica.
Alemania y los países del Norte europeo están en una escala
superior a los países del sur. No hay más que ver los efectos de la crisis en
Portugal, España, Italia o Grecia y compararla con los que tiene en los Estados
nórdicos. Pero ya no es solo el aspecto económico (pese a su vital importancia)
sino el modo en que nuestras sociedades y sus sistemas deberán ir acoplándose a
los dictados de Bruselas en todos los órdenes. Y al final, al término de ese
calvario de crisis que nos está agobiando desde hace tantos años, habrá un
claro resultado de 26 + 1, o lo que es igual, traducido en hechos reales: Alemania
sobre todo y sobre todos en el mundo como rezaba su himno en la
tenebrosa época hitleriana. Baste un simple ejemplo: la Comisión Europea ha
propuesto recientemente ampliar al 6,5% el margen de déficit para España en este
año, dos décimas más (equivalentes a unos 2.000 millones de euros) que el 6,3%
que había pedido el Gobierno de Mariano Rajoy. El objetivo vigente es del 4,5%
Bruselas, a cambio, exige a España modificaciones en el IVA y en el sistema de
pensiones (¡lagarto, lagarto!) reformar la administración local e introducir
cambios en la reforma del mercado laboral.
El Ejecutivo comunitario ha decidido no lanzar de momento un
expediente sancionador contra España por desequilibrios excesivos, sin embargo
ha fijado un calendario acelerado para las reformas ya previstas por el
Gobierno. ¿Qué más se puede pedir?
En materia fiscal, Bruselas reclama una revisión sistemática
del sistema tributario para marzo de 2014. En esta revisión debe explorarse la
posibilidad de subir el IVA a algunos productos a los que se aplica hoy el IVA
reducido del 10% que pasaría al 21%. El Gobierno de Mariano Rajoy tendrá además
que adoptar medidas adicionales respecto a los impuestos medioambientales,
sobre todo los impuestos sobre los carburantes; también el ejecutivo español
debe considerar una mayor limitación del gasto fiscal relativo a la imposición
directa y también adoptar medidas adicionales para reducir el sesgo a favor del
endeudamiento en el impuesto de sociedades. La Comisión reclama asimismo
intensificar la lucha contra la economía sumergida y el trabajo no declarado.
El Ejecutivo comunitario ha confirmado además la prórroga de
dos años, hasta 2016, para que España reduzca el déficit por debajo del umbral
del 3% que marca el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Su justificación es que
el Gobierno de Rajoy ha cumplido los ajustes estructurales exigidos en 2012 y
que la situación económica ha empeorado.
Las propuestas de Bruselas deben ser ahora aprobadas por el
Eurogrupo y el Ecofin en su reunión de junio y avaladas por la cumbre de
líderes europeos que se celebrará a finales de ese mes. Todo un soberbio
ejercicio de intromisión, orientación y dirigismo totalitario hacia la soberanía
–ya casi inexistente- de un país ¿o debemos decir protectorado? Medite el ciudadano.
Medite bien. Y ahora díganme si es lícito el euroescepticismo…
L. Sánchez-López

