miércoles, 7 de agosto de 2013

(REPÚBLICA LITERARIA): José Ibáñez del Castillo, un poeta en el silencio



Hace ya 14 años que murió Pepe Ibáñez, poeta singular, independiente, inconformista, rebelde ante la situación que le tocó vivir, autor de relatos y narraciones literarias de las que hoy apenas si se puede hallar alguna referencia en esa autopista de la información que es Internet o en las redes sociales. Ignoro dónde se conservarán sus escritos, aparte de algunos fragmentos en las hemerotecas y es, sin duda, una obra que imagino extensa y abundante, especialmente sus magníficos poemarios. Por pura lógica es de suponer que algún familiar, quizá su hija, lo conserve todo guardado en el silencio de un cajón, esperando que algún día pueda volver a salir a la luz y deleitar a los lectores con el magnífico estilo de su narrativa. 


Conocí a Pepe Ibáñez del Castillo cuando, siendo yo un mozalbete, comenzaba a dar mis primeros pasos en el apasionante mundo de la literatura. Ambos éramos vecinos y paisanos, nacidos y afincados en el mismo pueblo, y aunque existía una notable diferencia de edad (yo rondaba entonces los 15 años y él andaba por los 30) nunca fue obstáculo para que se interesara por mi afición a las letras y en buena medida me alentara a seguir escribiendo. Recuerdo que en algunas ocasiones, junto a otros compañeros, compartíamos con él la lumbre de su humilde casa mientras con su característico acento, al calor de la chimenea,  nos recitaba aquellos poemas suyos que tanto interés despertaban en nosotros y especialmente en mí; gracias a él conocí la obra poética de Miguel Hernández, uno de sus autores favoritos, y también las circunstancias de su vida y muerte en una cárcel de Alicante. Ibáñez del Castillo sentía una profunda admiración por este malogrado poeta, algo que no era muy bien visto por el Régimen de entonces, si tenemos en cuenta que hablamos de  principios de la década de los 60 y sé que tuvo algún que otro desagradable incidente por este motivo y también por su pública desafección al franquismo y a todo cuanto éste significaba. En 1959 escribió un libro destinado a homenajear la figura del poeta oriolano, una obra que llevaba por título “Miguel Hernández, el fruto arrebatado”. La introducción de este libro era una Elegía que, unos años más tarde, fue premiada en un certamen literario convocado en Orihuela. Hubo algún altercado y se suscitó cierta polémica con las autoridades de entonces y que el desaparecido semanario “Triunfo” reseñó en su día. Esta elegía junto a un artículo la volvería a publicar, treinta años después, en las páginas del diario La Opinión, el 29 marzo de 1989, y sus primeros versos decían: “Te arrebató la muerte en primavera, y al recibir tus huesos sepultura, bajó para llorarte la palmera…”

No es éste el único poema  comprometido que escribió Ibáñez del Castillo en esos tiempos, ni fue solo un problema el que hubo de afrontar a causa de la ardorosa defensa que hacía de la libertad de expresión en el más amplio sentido del término. En más de una ocasión estuvo en el ojo avizor del servicio de información de la Guardia Civil, entonces cancerbero del fenecido y autoritario régimen, que le seguía los pasos; aquellos jerifaltes veían enemigos por todos lados y Pepe Ibáñez, por su propia personalidad, ideas de izquierda y fuerte compromiso social, no podía quedar al margen de estos controladores del pensamiento único, ni bajo la lupa de los censores de turno. Pese a todo escribió con entera libertad y dedicó muchas de sus composiciones a personas conocidas y notables de la Murcia de entonces. Recuerdo que cuando murió la popular Chiqui, compañera del pintor José María Párraga, escribió y publicó una elegía en prosa que tituló: “A un ángel que se ha ido en forma de mujer”. Lamentablemente se me extravió el recorte de prensa, pero aún recuerdo su profundidad y dramatismo que estaban a la altura de  otras magníficas composiciones salidas de su pluma. Creo que debería hacérsele justicia en su tierra, que es la nuestra. Y la mejor forma, indudablemente,  sería intentar recuperar su obra y darla a conocer, para que no se pierda su voz escrita, ni el acento y la musicalidad de su poesía, ni el ejemplo de este excelente poeta que también murió en el mismo mes que su admirado Miguel, arrebatándolo la muerte casi en primavera. José Ibáñez del Castillo falleció a la edad de 66 años, el 17 de marzo de 1999; aún era joven para convertirse en otro fruto arrebatado, aún le quedaba mucho por escribir en la madura plenitud de su vida y de su obra creadora, pero la muerte le ganó la partida, como a tantos otros, malogrando quizá todo aquello que atesoraba en su mente, que estaba a punto de alumbrar y que al final, desgraciadamente, se le quedó para siempre en el tintero junto a un montón de blancas cuartillas.

Martin J. Schneider
Novelista





Reproducimos a continuación, íntegramente, la elegía que
dedicó en 1959 en un libro del mismo título y que
ponía prólogo a esta obra, dedicada a Miguel Hernández.


MIGUEL HERNÁNDEZ,
EL FRUTO ARREBATADO

Elegía

Te arrebató la muerte en primavera,
y al recibir tus huesos sepultura
bajó para llorarte la palmera.

Se desbordó la acequia de amargura,
se desgajó de llanto el limonero
y todo fue silencio en la llanura.

Tus cabras, por saber tu paradero,
corrieron la vereda y el atajo
balando con acento lastimero.

La naranja, tomándose a destajo,
la pena que por dentro le dolía,
vertió su corazón, de gajo a gajo.

Se declaró la viña en rebeldía
y el vino se hizo sangre en los lagares
para doler más fuerte todavía.

El ruiseñor, dejando sus cantares,
de rabia y de dolor rompió su nido
y se alejó a morir a otros lugares.

El viejo colmenar, estremecido,
te lloró tu morir como ninguno
y el viento se hizo mar de su alarido.

En tu huerto de amor, el aceituno,
se desató, llorando en la costera,
diciendo tus dolores, uno a uno.

Se rebeló, también, la sementera
y la cebolla triste de tu “Nana”
lloró bajo la sombra de tu higuera.

El gallo que marcó, cada mañana,
la hora de partir los jornaleros,
se desangró cantando en tu ventana.

Se llenaron de espinas los senderos
surcados con dolor de día tras día
por los pobres y rústicos braceros

Y donde más tu pueblo te quería
tu muerte fue un dolor que desgarraba,
el agua del Segura lo cogía
y el mar Mediterráneo lo llevaba.



José Ibáñez del Castillo