Hace ya 14 años que murió Pepe
Ibáñez, poeta singular, independiente, inconformista, rebelde ante la situación
que le tocó vivir, autor de relatos y narraciones literarias de las que hoy
apenas si se puede hallar alguna referencia en esa autopista de la información
que es Internet o en las redes sociales. Ignoro dónde se conservarán sus
escritos, aparte de algunos fragmentos en las hemerotecas y es, sin duda, una
obra que imagino extensa y abundante, especialmente sus magníficos poemarios. Por
pura lógica es de suponer que algún familiar, quizá su hija, lo conserve todo
guardado en el silencio de un cajón, esperando que algún día pueda volver a
salir a la luz y deleitar a los lectores con el magnífico estilo de su
narrativa.
Conocí a Pepe Ibáñez del Castillo
cuando, siendo yo un mozalbete, comenzaba a dar mis primeros pasos en el
apasionante mundo de la literatura. Ambos éramos vecinos y paisanos, nacidos y
afincados en el mismo pueblo, y aunque existía una notable diferencia de edad
(yo rondaba entonces los 15 años y él andaba por los 30) nunca fue obstáculo
para que se interesara por mi afición a las letras y en buena medida me
alentara a seguir escribiendo. Recuerdo que en algunas ocasiones, junto a otros
compañeros, compartíamos con él la lumbre de su humilde casa mientras con su
característico acento, al calor de la chimenea, nos recitaba aquellos poemas suyos que tanto
interés despertaban en nosotros y especialmente en mí; gracias a él conocí la
obra poética de Miguel Hernández, uno de sus autores favoritos, y también las
circunstancias de su vida y muerte en una cárcel de Alicante. Ibáñez del
Castillo sentía una profunda admiración por este malogrado poeta, algo que no
era muy bien visto por el Régimen de entonces, si tenemos en cuenta que hablamos
de principios de la década de los 60 y
sé que tuvo algún que otro desagradable incidente por este motivo y también por
su pública desafección al franquismo y a todo cuanto éste significaba. En 1959
escribió un libro destinado a homenajear la figura del poeta oriolano, una obra
que llevaba por título “Miguel Hernández,
el fruto arrebatado”. La introducción de este libro era una Elegía que,
unos años más tarde, fue premiada en un certamen literario convocado en
Orihuela. Hubo algún altercado y se suscitó cierta polémica con las autoridades
de entonces y que el desaparecido semanario “Triunfo” reseñó en su día. Esta
elegía junto a un artículo la volvería a publicar, treinta años después, en las
páginas del diario La Opinión,
el 29 marzo de 1989, y sus primeros versos decían: “Te arrebató la muerte en primavera, y al recibir tus huesos sepultura,
bajó para llorarte la palmera…”
No es éste el único poema comprometido
que escribió Ibáñez del Castillo en esos tiempos, ni fue solo un problema
el que hubo de afrontar a causa de la ardorosa defensa que hacía de la libertad
de expresión en el más amplio sentido del término. En más de una ocasión estuvo
en el ojo avizor del servicio de información de la Guardia Civil, entonces
cancerbero del fenecido y autoritario régimen, que le seguía los pasos;
aquellos jerifaltes veían enemigos por todos lados y Pepe Ibáñez, por su propia
personalidad, ideas de izquierda y fuerte compromiso social, no podía quedar al
margen de estos controladores del pensamiento único, ni bajo la lupa de los
censores de turno. Pese a todo escribió con entera libertad y dedicó muchas de
sus composiciones a personas conocidas y notables de la Murcia de entonces. Recuerdo
que cuando murió la popular Chiqui,
compañera del pintor José María Párraga, escribió y publicó una elegía en prosa
que tituló: “A un ángel que se ha ido en
forma de mujer”. Lamentablemente se me extravió el recorte de prensa, pero aún
recuerdo su profundidad y dramatismo que estaban a la altura de otras magníficas composiciones salidas de su
pluma. Creo que debería hacérsele justicia en su tierra, que es la nuestra. Y
la mejor forma, indudablemente, sería intentar
recuperar su obra y darla a conocer, para que no se pierda su voz escrita, ni
el acento y la musicalidad de su poesía, ni el ejemplo de este excelente poeta
que también murió en el mismo mes que su admirado Miguel, arrebatándolo la
muerte casi en primavera. José Ibáñez del Castillo falleció a la edad de 66
años, el 17 de marzo de 1999; aún era joven para convertirse en otro fruto
arrebatado, aún le quedaba mucho por escribir en la madura plenitud de su vida
y de su obra creadora, pero la muerte le ganó la partida, como a tantos otros,
malogrando quizá todo aquello que atesoraba en su mente, que estaba a punto de
alumbrar y que al final, desgraciadamente, se le quedó para siempre en el tintero
junto a un montón de blancas cuartillas.
Martin J. Schneider
Novelista
Reproducimos a
continuación, íntegramente, la elegía que
dedicó en 1959 en un
libro del mismo título y que
ponía prólogo a esta
obra, dedicada a Miguel Hernández.
MIGUEL HERNÁNDEZ,
EL FRUTO ARREBATADO
Elegía
Te arrebató la muerte
en primavera,
y al recibir tus
huesos sepultura
bajó para llorarte la
palmera.
Se desbordó la
acequia de amargura,
se desgajó de llanto
el limonero
y todo fue silencio
en la llanura.
Tus cabras, por saber
tu paradero,
corrieron la vereda y
el atajo
balando con acento
lastimero.
La naranja, tomándose
a destajo,
la pena que por
dentro le dolía,
vertió su corazón, de
gajo a gajo.
Se declaró la viña en
rebeldía
y el vino se hizo
sangre en los lagares
para doler más fuerte
todavía.
El ruiseñor, dejando
sus cantares,
de rabia y de dolor
rompió su nido
y se alejó a morir a
otros lugares.
El viejo colmenar,
estremecido,
te lloró tu morir
como ninguno
y el viento se hizo
mar de su alarido.
En tu huerto de amor,
el aceituno,
se desató, llorando
en la costera,
diciendo tus dolores,
uno a uno.
Se rebeló, también,
la sementera
y la cebolla triste
de tu “Nana”
lloró bajo la sombra
de tu higuera.
El gallo que marcó,
cada mañana,
la hora de partir los
jornaleros,
se desangró cantando
en tu ventana.
Se llenaron de
espinas los senderos
surcados con dolor de
día tras día
por los pobres y
rústicos braceros
Y donde más tu pueblo
te quería
tu muerte fue un
dolor que desgarraba,
el agua del Segura lo
cogía
y el mar Mediterráneo
lo llevaba.
José Ibáñez del
Castillo

